El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Acepte sin escrúpulos las ostras que compraré al pasar por la plaza Châtelet, un pollo de nuestro asador, y dos o tres platitos que la señora Durand hace a la perfección.
—Me tienta usted —dijo el escribano, deslumbrado por el menú.
—Entonces, ¿acepta?
—Acepto.
—En ese caso, dejemos el trabajo para mañana; ¿vamos?
—Al instante; permÃtame primero que vaya un momento para prevenir a los guardias que vigilan a la austriaca.
—¿Por qué los previene?
—Para que sepan que he salido y no queda nadie en la oficina; asÃ, cualquier ruido les será sospechoso.
—¡Ah, muy bien! ¡Excelente precaución!
El escribano de la ConserjerÃa llamó en un portillo, y uno de los guardias abrió diciendo:
—¿Quién es?
—Yo, el escribano; me voy, ¿sabe? Buenas tardes, ciudadano Gilbert.
—Buenas tardes, ciudadano escribano.
Y el portillo volvió a cerrarse.