El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja A partir de entonces, el escribano del ministerio de la Guerra acudió todas las noches a trabajar con asiduidad en la oficina de su colega del Palacio, ayudado por la señora Durand.
Durand examinaba todo sin, en apariencia, prestar atención a nada. Había observado que cada noche, a las nueve, Richard o su mujer depositaban en la puerta un cesto de provisiones. En el momento en que el escribano anunciaba al guardia que se iba, Gilbert o Duchesne, uno de los dos, recogía el cesto y se lo llevaba a María Antonieta. Un cuarto de hora después de haber entrado el cesto lleno, uno de los guardias sacaba a la puerta el del día anterior, ya vacío.
La noche del cuarto día, tras la sesión habitual, cuando el escribano del Palacio se hubo retirado y Durand se quedó solo con su mujer, dejó caer la pluma, se puso en pie, miró a su alrededor y avanzó hacia el portillo con pasos cautelosos, levantó la servilleta que cubría el cesto, y hundió en el pan tierno un estuche de plata. Luego, pálido y temblando por la emoción, volvió a su puesto.
—¿Es para esta noche? —le preguntó Geneviève.
—No, es para mañana —respondió Dixmer.