El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Maurice había ido a buscar un cabriolé a casa de Lorin; cuando volvió con él, dejó las bridas en manos de un limpiabotas y subió los escalones de su casa con el corazón rebosante de alegría.
Se detuvo en el descansillo; la puerta estaba entreabierta; la costumbre era que estuviese siempre cerrada, y esta circunstancia asombró al joven. Entró en la casa, cruzó la antesala, el comedor, el salón, el dormitorio. No vio a nadie. Llamó y nadie le respondió.
Pensó que quizá Geneviève habría salido para comprar algo que necesitara. Le pareció una gran imprudencia. Pero, aunque comenzaba a dominarle la inquietud, todavía no sospechó nada.
Esperó paseándose; de vez en cuando se asomaba a la ventana. Enseguida creyó oír unos pasos en la escalera; escuchó: no eran los de Geneviève; se acercó al descansillo, asomándose a la barandilla y reconoció a su criado. Le llamó y le preguntó por Geneviève. El hombre no la había visto.
—Entonces, vuelve abajo y pregunta al portero y a los vecinos.
Maurice esperó en la escalera cinco o seis minutos; luego, viendo que no volvía Scévola, se dirigió a la ventana: vio a su criado entrar en dos o tres tiendas y volver a salir. Impaciente, le llamó y le hizo señas para que subiera.