El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Señora —respondió Girard, emocionado por esta desdeñosa profesión de fe—, una cristiana que va a morir debe morir sin odio en el corazón, y no debe rechazar a Dios, sea cual sea la forma en que se presente.
Maison-Rouge dio un paso hacia la mampara, pero los dos guardias hicieron un movimiento; él dijo que era el acólito, y Duchesne dijo:
—Puesto que rechaza al cura, no necesita acólito.
—Quizás acepte —dijo el caballero alzando la voz—. Es imposible que no acepte.
Pero MarÃa Antonieta estaba demasiado agitada para reconocer la voz del caballero, se obstinó en rechazar al sacerdote y pidió a este repetidas veces que abandonara su calabozo. El cura salió, cruzándose con el ayudante del verdugo, que llegaba con unas cuerdas en la mano. Los dos guardias hicieron retroceder al caballero hasta la puerta, sin que pudiera hacer un movimiento para realizar su proyecto.
Maison-Rouge se encontró con Girard en el corredor, desde donde les obligaron a pasar a las oficinas; allà dijo Richard al cura:
—Abate, vuelva a su casa; puesto que ella le rechaza, que muera como quiera.