El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—No —replicó Girard—; la acompañaré aunque no quiera; si escucha una sola palabra, recordará sus deberes; además, el ayuntamiento me ha encargado una misión… y yo debo obediencia al ayuntamiento.

—Sea —dijo el oficial que mandaba las fuerzas—; pero despide a tu sacristán.

Los ojos del caballero destellaron y hundió su mano en el pecho maquinalmente. Girard sabía que llevaba un puñal bajo el chaleco, y le contuvo con una mirada suplicante, diciéndole que trataría de hablar a la reina y contarle lo que él había arriesgado para verla por última vez. Estas palabras calmaron al joven, cuya resistencia había llegado al límite de sus fuerzas y de su voluntad.

—Sí; así debe ser —dijo—: La cruz para Jesús, el cadalso para ella; los dioses y los reyes beben hasta las heces el cáliz que les presentan los hombres.

El joven llegó a la puerta. Al pie de las rejas de la Conserjería se agolpaba la multitud. La impaciencia dominaba las pasiones, levantando un rumor inmenso y prolongado, como si todo París se hubiera concentrado en el barrio del palacio de Justicia.

Delante de la multitud se había emplazado todo un ejército, armado de cañones, destinado a proteger la fiesta y hacerla segura para quienes iban a disfrutarla.


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