El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Sonaron las once en el reloj del Palacio, y todos los rumores cesaron en el acto. Al extinguirse la vibración de la última campanada se oyó un gran alboroto tras las puertas, al tiempo que una carreta pasaba entre la multitud y se colocaba al pie de las gradas. Enseguida apareció la reina en lo alto de la inmensa escalinata. Sus cabellos estaban cortados muy cortos, y la mayor parte habían encanecido durante su cautividad, lo que hacía más delicada aún su palidez nacarada. Vestía un traje blanco y llevaba las manos atadas a la espalda.
A ambos lados de la reina estaban el abate Girard y el verdugo, vestidos de negro. Grammont, el jefe de la fuerza, señaló la carreta; la reina retrocedió un paso.
—Suba —dijo Grammont.
La reina enrojeció hasta la raíz de los cabellos y preguntó:
—Si el rey ha ido al cadalso en su coche, ¿por qué he de hacerlo yo en una carreta?
El abate Girard le dijo algunas palabras en voz baja y la reina se tambaleó. Sansón se apresuró a sostenerla, pero ella recuperó el equilibrio antes de que la tocara. Bajó las escaleras y subió a la carreta seguida por el abate. Sansón le ordenó sentarse a ambos, y la carreta se puso en movimiento, mientras los soldados hacían retroceder a la multitud.