El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Ahora, ciudadanos, estoy dispuesto a seguirles. Pero déjenme llevarme el último volumen de las Cartas a Emili del señor Demoustier, que acaban de aparecer y todavía no he leído; esto hará más atractivas las molestias de mi cautividad.

—¿Tu cautividad? —dijo Simon—. No será muy larga: figuras en el proceso de la mujer que ha querido libertar a la austriaca. Se la juzga hoy… a ti se te juzgará mañana, cuando hayas testimoniado.

—Zapatero —dijo Lorin con gravedad—, coses tus suelas demasiado de prisa.

—Sí. Pero ya verás qué bonita cuchillada, hermoso granadero —dijo Simon, con una horrible sonrisa.

Lorin levantó los hombros y dijo:

—¿Partimos? Les estoy esperando.

Y como todos se dieron la vuelta para bajar la escalera, Lorin dio a Simon una vigorosa patada, que le hizo bajar rodando entre aullidos.

Los guardias no pudieron contener la risa. Lorin se metió las manos en los bolsillos.

—¡En el ejercicio de mis funciones! —dijo Simon, lívido de cólera.

—¡Diablo! —respondió Lorin—. ¿Es que no estamos todos en el ejercicio de nuestras funciones?

Le hicieron subir a un coche y el comisario le condujo al palacio de justicia.


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