El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Capítulo LI

Maurice se encontraba en su puesto habitual del tribunal revolucionario. El público de las tribunas se encontraba de un humor feroz, lo que excitaba la severidad de los jueces. Ya habían sido condenados cinco acusados. Otros dos esperaban en ese momento el sí o el no de los jurados que les daría la vida o la muerte. El público les interpelaba.

—Mira ese alto, qué pálido está —decía una calcetera—. Se diría que ya está muerto.

El condenado miró a la mujer que le apostrofaba con una sonrisa de desprecio.

—¿Qué dices? —replicó su vecina—. Mira cómo sonríe.

—Sí; pero, de mala gana.

—¿Qué hora es? —le preguntó su compañera.

—La una menos diez; esto ya dura tres cuartos de hora.

—Entonces, como en Domfront, la ciudad de la desgracia: que llegas a las doce y te ahorcan a la una.

Maurice oía todo esto sin prestarle atención; desde hacía algunos días, su corazón sólo latía en ciertos momentos; de vez en cuando, el temor o la esperanza parecían cortar el ritmo de su vida, y estas constantes oscilaciones habían roto la sensibilidad de su corazón, sustituyéndola por la atonía.


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