El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Maurice se encontraba en su puesto habitual del tribunal revolucionario. El público de las tribunas se encontraba de un humor feroz, lo que excitaba la severidad de los jueces. Ya habÃan sido condenados cinco acusados. Otros dos esperaban en ese momento el sà o el no de los jurados que les darÃa la vida o la muerte. El público les interpelaba.
—Mira ese alto, qué pálido está —decÃa una calcetera—. Se dirÃa que ya está muerto.
El condenado miró a la mujer que le apostrofaba con una sonrisa de desprecio.
—¿Qué dices? —replicó su vecina—. Mira cómo sonrÃe.
—SÃ; pero, de mala gana.
—¿Qué hora es? —le preguntó su compañera.
—La una menos diez; esto ya dura tres cuartos de hora.
—Entonces, como en Domfront, la ciudad de la desgracia: que llegas a las doce y te ahorcan a la una.
Maurice oÃa todo esto sin prestarle atención; desde hacÃa algunos dÃas, su corazón sólo latÃa en ciertos momentos; de vez en cuando, el temor o la esperanza parecÃan cortar el ritmo de su vida, y estas constantes oscilaciones habÃan roto la sensibilidad de su corazón, sustituyéndola por la atonÃa.