El caballero de la casa roja

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Maurice percibió a su izquierda un rostro inflexible. Era Dixmer, de pie, sombrío, implacable, sin perder de vista a Geneviève ni al tribunal. Le lanzó una mirada cargada de tanto odio, que el hombre se volvió hacia él como atraído por un fluido ardiente.

El presidente pidió a Geneviève que dijera los nombres de sus instigadores. Ella contestó que sólo había uno: su marido.

—Indíquenos su escondite.

—Él ha sido infame, pero yo no seré cobarde; no es mi obligación denunciar su escondite, sino la de ustedes descubrirlo.

Maurice miró a Dixmer y pensó en denunciarle, aún a riesgo de entregarse a sí mismo; pero se contuvo.

El presidente preguntó si había testigos, y el ujier llamó a Lorin.

—Había otro testigo más importante —dijo Fouquier—; pero no se le ha podido encontrar.

Dixmer se volvió hacia Maurice sonriendo: quizás había pasado por la cabeza del marido la misma idea que por la del amante.

En ese momento, acompañado por Simon y dos guardias entró Lorin, al que preguntaron su nombre, estado y si era pariente de la acusada.

—No; pero tengo el honor de ser uno de sus amigos.


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