El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja En Jemmapes, la primera batalla a la que asistía, recibió un tiro, y la bala, tras atravesar los músculos de acero de su hombro, se aplastó contra el hueso. Se le envió a París para que se curara y durante un mes se retorció en el lecho del dolor, devorado por la fiebre; pero enero le encontró en pie y mandando, si no de nombre, al menos de hecho, el club de las Termópilas, es decir, cien jóvenes de la burguesía parisiense, armados para oponerse a toda tentativa en favor del tirano Capeto. Aún más: serio y circunspecto, Maurice asistió a la ejecución del rey; permaneció mudo cuando cayó la cabeza de este hijo de san Luis, limitándose a levantar su sable mientras sus amigos gritaban: «Viva la libertad», sin fijarse que, excepcionalmente, esta vez su voz no se mezclaba con las suyas.
Tal era el hombre que el once de marzo, hacia las diez de la mañana, llegaba a la sección de la que era secretario; allí se le esperaba con impaciencia y emoción, ya que había que votar en la Convención una resolución para reprimir los complots de los girondinos.