El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Al oÃrse insultar, Maurice llamó cobardes, repetidas veces y en tono violento a los que le interrogaban.
—No se te insulta —dijo una voz más dulce, aunque también más imperiosa que las que habÃan hablado hasta entonces—. En los tiempos que vivimos, se puede ser espÃa sin ser deshonesto: sólo que se arriesga la vida.
—Sea bien venido quien ha hablado asÃ; yo le responderé lealmente.
—¿Qué ha venido a hacer a este barrio?
—A buscar a una mujer.
La misma voz le dijo que mentÃa y le amenazó con matarle. Maurice hizo un violento esfuerzo para librarse de las ligaduras, pero un frÃo doloroso y agudo le desgarró el pecho, obligándole a hacer un movimiento de retroceso.
—¡Ah!, lo notas —dijo uno de los hombres—. Pues todavÃa hay ocho pulgadas parecidas a la que acabas de conocer.
—¿Quién eres? —preguntó la voz dulce e imperiosa.
—Maurice Lindey.
—¡Qué! ¿Maurice Lindey, el revolucionario, el patriota?, ¿el secretario de la sección Lepelletier?