El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Era un hombre pequeño, moreno, con las cejas espesas y anteojos verdes. A las primeras palabras que pronunció Maurice reconoció su voz como la imperiosa y dulce que se había manifestado partidaria de los métodos suaves durante la discusión de la que él había sido el objeto. Vestía un traje oscuro con grandes botones, una chaqueta de seda blanca, y su pechera, bastante fina, estuvo atormentada durante la cena por una mano cuya blancura y delicadeza admiraron a Maurice. Tomaron asiento. La cena resultaba poco común: Dixmer tenía apetito de industrial y hacía los honores a su mesa; los obreros, o quienes pasaban por tales, eran dignos compañeros suyos en este menester; el ciudadano Morand hablaba poco, comía menos aún, no bebía casi, y reía raramente; Maurice, quizás a causa de los recuerdos que le traía su voz, experimentó enseguida una viva simpatía por él.

Dixmer se creyó en la obligación de explicar a sus invitados la razón por la que un extraño se encontraba entre ellos y, aunque no se dio muy buena maña en la introducción del joven, su discurso satisfizo a todos. Maurice le miraba con asombro y no se explicaba que aquel hombre pudiera ser el mismo que poco antes le perseguía amenazante con una carabina en la mano. Mientras hacía estas observaciones, sentía en el fondo de su corazón una alegría y un dolor tan profundos que no podía explicarse su estado de ánimo. Se encontraba, al fin, cerca de la bella desconocida que tanto había buscado.


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