El caballero de la casa roja

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Maurice sacó un anteojo de su bolsillo y, mientras lo graduaba, la reina hizo un gesto como invitando a los curiosos a apartarse de la ventana. Pero Maurice ya había distinguido una cabeza masculina de cabellos rubios, cuyo saludo había sido respetuoso hasta la humildad. Detrás de este joven, porque no aparentaba más de veintiséis años, se hallaba una joven medio tapada por él. Maurice la enfocó con su anteojo; pero la mujer, que también tenía un catalejo, se apartó rápidamente y atrajo hacia sí al hombre.

Maurice esperó un momento por ver si reaparecían los curiosos. Como la ventana permanecía vacía, encomendó la vigilancia a su colega Agrícola, descendió precipitadamente la escalera y fue a apostarse en la esquina de la calle Porte-Foin, desde donde podía observar si los curiosos salían de la casa. Su espera fue en vano. No apareció nadie.

Entonces, no pudiendo resistir la sospecha que atormentaba su corazón, Maurice emprendió camino hacia la antigua calle Saint-Jacques.

Cuando llegó halló a Geneviève vestida con una bata blanca, sentada bajo un emparrado de jazmines. La joven dio la bienvenida a Maurice y le invitó a tomar una taza de chocolate.


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