El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Al llegar Dixmer, expresó la mayor alegría por encontrar a Maurice a una hora tan inesperada. Le invitó a recorrer los talleres en su compañía y le puso en antecedentes de que Morand acababa de descubrir el secreto para fabricar un tafilete rojo inalterable.
Maurice siguió a Dixmer a través de los talleres hasta una especie de oficina particular donde vio trabajando al ciudadano Morand; llevaba este unos anteojos azules y parecía muy ocupado en cambiar al púrpura el blanco sucio de una piel de cordero; tenía las manos y los brazos manchados de rojo y saludó a Maurice con la cabeza.
—Bien, ciudadano —preguntó Dixmer—, ¿qué me dice?
—Sólo con este procedimiento ganaremos cien mil libras al año. Pero hace ocho días que no duermo y los ácidos me han quemado la vista.
Maurice dejó a Dixmer con Morand y volvió junto a Geneviève. Por el camino se reprochaba haber sospechado de aquellas personas intachables, y culpaba de su error al servicio en el Temple que, según él, podía embrutecer hasta a un héroe.
Geneviève esperaba a Maurice con su dulce sonrisa para hacerle olvidar por completo las sospechas que había concebido. Ella fue como siempre: dulce, amigable, encantadora.