El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —SÃ, claro que sÃ. Cierto es que, esta mañana, cuando se iba, no es que haya hablado mucho de vos. Además, daba la impresión de ser presa de una fuerte agitación y de tener una prisa enorme por partir. Da lo mismo, pero es bien raro que ni tan siquiera haya pronunciado vuestro nombre. Y eso que yo estaba allÃ, porque me habÃa hecho llamar para pedirme una información de lo más extraña y, cuando he visto que se disponÃa a marcharse, le he preguntado que si iba a esperar a vuestro regreso. Pero me ha obligado a callar, en tono desabrido.
—¡Se ha ido! —RepetÃa Everard—, ¡se ha ido!
—SÃ, pero, a cambio, aquà estáis vos —replicó Rosamunda, con su dulce voz.
Everard la contemplaba, con una curiosa mezcla de ternura y turbación; ella bajó los ojos, y sonrió.