El Castillo de Eppstein

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—Y como aquí está de nuevo —prosiguió su padre—, a fe mía que voy a dejaros, si os parece, que continuéis el paseo juntos. Mientras he estado pendiente de la brida del caballo y te he contado cosas, y de esto hace ya ocho días, Rosamunda, mi fusil ha permanecido ocioso, para solaz de lobos y cazadores furtivos. Así que, Everard, sed un buen caballero y ocupad mi lugar, y conducid a mi hija hasta los más floridos senderos. Si no habéis comido, lo haréis juntos, porque mi hija lleva en el zurrón todo lo necesario. De postre, ya cogeréis unas cuantas moras o unas fresas silvestres; en cuanto a la bebida, cualquier manantial os saciará. Así que os dejo, hijos míos, hasta esta noche a la hora de cenar. No tengo ni que deciros que miréis por vuestra hermana. Daos un buen paseo, hijos míos.

El guardabosque se echó el fusil a la espalda, dijo adiós a los jóvenes y se introdujo en la espesura sin dejar de silbar. Rosamunda y Everard se quedaron solos, tan apurado el uno como la otra. Pero fue Rosamunda la que primero rompió aquel incómodo silencio.

—Como tenemos que comer, Everard, si os parece, podemos instalarnos aquí mismo, a la sombra de ese enorme roble y darnos un real festín en la hierba, mientras escuchamos el concierto de los pájaros.


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