El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Dicho y hecho. Everard ató el caballo a un árbol, mientras Rosamunda extendÃa las provisiones por la hierba, y pronto dieron cuenta los dos de la comida con el mejor de los apetitos. Sin embargo, Everard no decÃa ni palabra. En el cuarto de hora que duró el almuerzo, apenas intercambiaron algunas frases intrascendentes. Pero Rosamunda, que le observaba, encontró que los ojos del muchacho eran lo suficientemente elocuentes: veÃa sus pensamientos a través de su mirada, y le oÃa como si él le hablase. Ya hemos dicho que, a pesar de sus modestas y bastas ropas de montañés y campesino, Everard era un apuesto muchacho, dotado de esa belleza interior que traducimos por fisonomÃa. Ni el embarazo de sus modales era capaz de ocultar el orgullo y la dignidad de su alma: como por encanto, su firme y dulce mirada decÃa todo lo contrario. A pesar, pues, de su torpeza y de su silencio, sólo un necio habrÃa podido tomarle por torpe. Pero Rosamunda era tan fina y sagaz como sólo una muchacha buena y sincera pueda serlo. Y entre los corazones honestos y puros se genera una simpatÃa secreta, que resulta imposible que sea engañosa.
—Cuando acabemos de comer —dijo Rosamunda—, me enseñaréis aquellas partes del bosque que más os gustan. ¿Os parece bien, Everard? ¿No os molesta hacer de guÃa y de acompañante?
—¡Molestarme! —exclamó Everard.