El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Dicho y hecho. Everard ató el caballo a un árbol, mientras Rosamunda extendía las provisiones por la hierba, y pronto dieron cuenta los dos de la comida con el mejor de los apetitos. Sin embargo, Everard no decía ni palabra. En el cuarto de hora que duró el almuerzo, apenas intercambiaron algunas frases intrascendentes. Pero Rosamunda, que le observaba, encontró que los ojos del muchacho eran lo suficientemente elocuentes: veía sus pensamientos a través de su mirada, y le oía como si él le hablase. Ya hemos dicho que, a pesar de sus modestas y bastas ropas de montañés y campesino, Everard era un apuesto muchacho, dotado de esa belleza interior que traducimos por fisonomía. Ni el embarazo de sus modales era capaz de ocultar el orgullo y la dignidad de su alma: como por encanto, su firme y dulce mirada decía todo lo contrario. A pesar, pues, de su torpeza y de su silencio, sólo un necio habría podido tomarle por torpe. Pero Rosamunda era tan fina y sagaz como sólo una muchacha buena y sincera pueda serlo. Y entre los corazones honestos y puros se genera una simpatía secreta, que resulta imposible que sea engañosa.

—Cuando acabemos de comer —dijo Rosamunda—, me enseñaréis aquellas partes del bosque que más os gustan. ¿Os parece bien, Everard? ¿No os molesta hacer de guía y de acompañante?

—¡Molestarme! —exclamó Everard.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker