El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —A lo peor —añadió Rosamunda—, he interrumpido vuestro paseo, me he inmiscuido en vuestro deseo de estar a solas. Porque ya sé que os gusta estar solo. ¡Tanto como os he echado de menos!
—¿Me habéis añorado, Rosamunda?
—Claro que sÃ, y me decÃa que, en lo sucesivo, al menos contarÃais con una hermana, con una amiga. Pensaba que nos entenderÃamos bien. Me acordaba de los dÃas de antaño, y creÃa que podrÃamos retomar y continuar, en medio de estos lugares solitarios, tan tranquilos y hermosos como el paraÃso, la dulce fraternidad de nuestra infancia. Porque la vida aquà por fuerza ha de ser agradable y pura. En fin, que soñaba con una novela, como Pablo y Virginia —añadió, con una carcajada por tamaña ocurrencia, aunque enseguida se sonrojó.
—¿Qué es eso? —preguntó Everard.