El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Everard llevó, desde entonces, una doble existencia, y mantuvo un doble afecto. Su madre no pareció irritada por tener que compartirle. Cuando Rosamunda estaba a su lado, trabajaba junto a ella, feliz de escucharla y comprenderla. Una vez que la joven se marchaba, el muchacho volvía a su bosque y a sus sueños. Era entonces cuando llamaba a su madre, que se llegaba hasta él, que conservaba su autoridad de siempre, y que le hablaba por medio del viento o de la brisa para aconsejarle y ayudarle a superarse.
De aquellas conversaciones, guardaba para sí los detalles y el asunto tratado, al igual que un amante respetuoso nunca menciona las caricias de su querida. Sus únicos testigos y confidentes eran los fríos rayos de la luna o la pálida claridad de las estrellas. Pero hemos de pensar que su madre se compadecía de él, cuando no le regañaba, del mismo modo que si él no incurría en sus reproches, no por eso dejaba de estar preocupado por sus aprensiones y su compasión. Siempre regresaba triste y melancólico de la gruta y, cuando Rosamunda le preguntaba, con tacto, él evitaba darle respuestas. Más tarde, lloraba amargamente y hablaba vagamente de un temible futuro. En días de ésos, ni siquiera ella era capaz de consolarle. Aparte de eso, estaba entregado a Rosamunda y, cada día más encantado, reconocía el ascendiente que la joven tomaba sobre él.