El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein La muchacha hacía uso de esta circunstancia con prudencia y dulzura infinitas, como si los instintos maternales que poseía no fueran a tener otra ocasión de manifestarse. Se había entregado con alegría y llevado a buen fin con amor la educación del espíritu juvenil e inculto de Everard. Con él, había regresado a los duros e ingratos senderos de la ciencia. Con paciencia y salero, había enseñado a su alumno todo lo que ella sabía, historia, geografía, dibujo y música, y sin olvidar la literatura de su tierra, le había familiarizado con las lenguas francesa e inglesa. En algunas cuestiones, el joven la había superado; en otros asuntos, la muchacha era aún mejor que él; pero, en realidad, era un espectáculo encantador y conmovedor el de aquella adolescente dedicada a instruir a un coetáneo, al igual que no dejaba de ser un extraño misterio la transformación que había conseguido la muchacha, al hacer de un rudo e ignorante campesino un hombre elegante y cultivado.
Por otra parte, no es fácil hacer un resumen de todo lo que les había ocurrido en Eppstein a lo largo de aquellos tres años. No hay modo de vida más sencillo que el que llevaban Rosamunda y Everard: era una existencia fecunda en cuanto a ideas, aunque estéril en lo que a hechos se refiere, y podría resumirse en un par de frases. Seguirles a ambos un día cualquiera, era como saber de ellos, a diario, durante aquellos tres años.