El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Por la mañana, Everard abandonaba el castillo, donde, definitivamente, se había instalado en sus habitaciones y, tras rezar largo rato ante la tumba de su madre, iba a llamar a la puerta de la cabaña del bueno de Jonathas. Mientras Rosamunda, que era un ama de casa excelente y dispuesta, ordenaba y disponía todo en la casa, Everard estudiaba solo, repasaba las lecciones de la víspera y preparaba las de aquel día. Más tarde, comían allí, con sencillez y alegría. A continuación se ponían a trabajar durante varias horas, con seriedad y buen ánimo, en casa, si hacía malo, o en el bosque, en el campo o en la fuente, si el tiempo era bueno. Y no les cundía menos el esfuerzo por haber estudiado entre trigales, ni se prestaba menos atención a las lecturas porque se vieran acompañadas del canto de los pájaros. No porque los libros fueran marcados con flores que recogían por el camino, aquellas páginas perfumadas resultaban menos provechosas para aquella pareja de lectores.








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