El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Al atardecer, se dedicaban a charlar y a descansar. Durante los días de invierno, se sentaban cerca del hogar; en verano, hacían lo propio en el banco de la entrada, bajo la madreselva y el jazmín. En invierno, oían cómo caía la lluvia o la nieve; en verano, contemplaban las puestas de sol y la salida de las estrellas. Además, Jonathas o Rosamunda sabían siempre algún cuento maravilloso o alguna leyenda encantadora, sobre todo el guardabosque, que era el mejor narrador de la región y cuyos recuerdos eran inagotables, sin que ni siquiera omitiese, tal era la pureza y la sinceridad de su corazón, historias de amor, quizá peligrosas para un auditorio juvenil como el suyo, si su efecto no hubiese quedado mitigado por su casto candor y su bendita ingenuidad.
Si no había relatos, Rosamunda se sentaba al clavecín y tocaba maravillosas piezas de Gluck, de Haydn, de Mozart, incluso de Beethoven, que comenzaba a alcanzar fama por entonces. Es difícil describir el efecto, difuso y profundo, como la propia música, que tan inmortales melodías produjeron en el espíritu de Everard. Mientras, ágiles, los dedos de Rosamunda recorrían el teclado, los sueños del joven erraban, con alocada rapidez, por el campo sin límites de su imaginación.