El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Ya hemos dicho que el muchacho se creía rodeado por una eterna armonía y que, en medio del silencio, escuchaba voces celestiales a todas horas. En ocasiones, en las sublimes inspiraciones que le sugerían aquellos maestros, reconocía algunas de las notas que creía oír en sus éxtasis. Incluso en aquellos momentos, se figuraba a Rosamunda, como a Albina en otras ocasiones, precedida por los sones de arpas seráficas y envuelta en un velo de melodías, hasta el punto de que la hubiera adorado como a una santa, hasta que le despertaba la voz de Jonathas, que le recordaba que no estaba en el paraíso.
Y aunque pocas cosas ocurrían en su solitaria vida, la belleza es realmente tan sencilla, que nuestro atento soñador creía revivir su propia y escueta historia en una sonata o en una sinfonía. Por ejemplo, un bajo continuo, majestuoso y grave, era el fondo triste y sombrío de su existencia, el pensamiento eternamente presente de su madre muerta, la sorda amenaza de un porvenir ignoto. Pero una fantasía brillante y rápida, como un ligero arabesco bordado sobre el fondo de acordes uniformes, le transportaban a la vida que llevaba al aire libre, a una Rosamunda sonriente, a los dorados bosques o a sus estudios cuajados de juegos. Acunado por caprichos armónicos, Everard sonreía y descansaba. Mas, de repente, una nota fulminante, como un trueno en un cielo azul, le devolvía el formidable presagio de algún siniestro acontecimiento.