El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Cuando no había ni historias ni música, Rosamunda o Everard leían en voz alta lecturas que realmente representaban los únicos acontecimientos reseñables que se producían en aquel retiro. Una noche, Rosamunda leyó Hamlet. En silencio, Everard escuchó tan tétrico drama, se levantó sin decir palabra cuando hubo acabado y salió abrumado por el peso de sus pensamientos.
Un día después, confió a Rosamunda las impresiones que esa terrible epopeya de la duda había sembrado en su espíritu. ¿No había un extraño parecido, una especie de parentesco moral entre él y aquel héroe del escepticismo? Sin cesar, los dos veían una sombra a su lado. Ambos eran jóvenes, melancólicos y frágiles, y los dos presentían que tenían que llevar a cabo algo terrible, que eran instrumentos de la fatalidad. Más lo que Everard no se atrevía a añadir era que, al igual que Hamlet, también él dudaba ante la vida, y tenía miedo de esperar, de creer y, sobre todo, de amar. En su amargo desaliento, habría sido capaz de recomendarle a su Ofelia particular que regresase al convento.