El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Hay un punto, sin embargo —decÃa Everard, pensativo—, en el cual somos diferentes el prÃncipe danés y yo, pobre desterrado: él sabe de antemano la horrorosa misión que le depara el destino, mientras que yo la ignoro. Él ve hacia dónde va, el puñal con el que ha de matar y se estremece. ¿Qué pasarÃa si, como yo, se dirigiera hacia el crimen, pero entre tinieblas, si se supiera verdugo, pero fuera ciego?
—Pero ¿qué decÃs, Everard? —replicó Rosamunda, asustada.