El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —SÃ, Rosamunda, ya sé que os produzco horror y compasión. Pero no estoy loco, no me engañan mis revelaciones. Hamlet es el instrumento de una venganza, y yo seré la ocasión de un castigo. Mi madre está triste; sus ojos desecados no dejan de llorar. No seré yo quien mate quizá, pero ofreceré a Dios la ocasión de hacerlo. Creo que no he venido a este mundo más que para eso, Rosamunda. Hay hombres que son grandes, que llevan a cabo maravillosas obras, que renuevan la faz de la tierra. Mi destino no está en ninguna acción memorable. Yo no soy libre, como mis semejantes; en manos del Señor, o en las de un demonio, sólo seré ocasión para que alguien sufra un castigo. Como un guijarro al borde del camino, mi única finalidad es que un alma se precipite a los infiernos. Y hacia eso va mi vida, Rosamunda, esta vida que vos tratáis de hacer inteligente y útil. ¡Ya veis que os equivocáis! ¿Por qué, Señor? Hermosas son las luces en los palacios, pero en las cárceles sólo sirven para iluminar la miseria.
Tales eran, en ocasiones, las amargas quejas de aquel alma desolada, y ni la sonrisa de Rosamunda era capaz de devolverle la esperanza y la resignación. Con mucho esfuerzo, valor y bondad, lo conseguÃa a veces aquella generosa muchacha, y trataba de enmendar a Hamlet con la Imitación de Jesucristo, de corregir a Werther con la Vida de Santa Teresa.