El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein ¿Quién resultaría vencedor de aquella lucha entre el amor y el hado? ¿Quién tendría razón? ¿La visión esperanzada de Rosamunda, o los terrores de Albina? ¿La viva o la muerta? Sólo Dios lo sabía.
Ya sabemos algo, pues, de los detalles conmovedores o tenebrosos, lúgubres o infantiles, en los que transcurrieron aquellos tres años de las vidas de Everard y de Rosamunda. Señalemos, no obstante, que aunque haya aparecido la palabra amor en diversas ocasiones, los jóvenes jamás la habían pronunciado. Everard estaba demasiado triste, y Rosamunda era demasiado pura como para atreverse a hacerlo. Como en una versión cristiana de Dafnis y Cloe, se amaban sin saberlo, sin habérselo dicho siquiera. Tan sólo una revelación externa podría aclararles aquella circunstancia, porque, desde luego, ésta no vendría nunca de su interior.
Así vivían, inocentes y solos bajo el cielo azul, en la cabaña, a la sombra de enormes árboles, siempre juntos, por todas partes, cogidos de la mano, unidas sus frentes mientras leían el mismo libro. Al verles así, en aquellas actitudes graciosas o indolentes que adoptaban, cualquiera hubiera creído contemplar algún antiguo grupo escultórico, realizado en mármol blanco.