El Castillo de Eppstein

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Capítulo IX

IX

El bondadoso Jonathas poseía un sincero y gran corazón; pero su ingenio, desprovisto de clarividencia, no era capaz de adivinar una pasión oculta, ni de preverla ni de detectar sus progresos. Aunque Everard ya se había hecho todo un hombre y Rosamunda se había convertido en una muchacha, para él, no eran sino dos niños. Y no se equivocaba del todo: la inocencia de los dos justificaba su ceguera. Ni como hermanos de verdad, según los apelativos que ambos utilizaban, sus charlas y sus diversiones hubieran estado presididas por una más limpia pureza. Si se les hubiera preguntado si se amaban, con toda candidez habrían respondido que sí, de forma que, al igual que en el caso de Paolo y Francesca, habría bastado con una sola palabra, dicha por casualidad, para revelarles lo que, aun sin saberlo, ocurría en sus corazones.






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