El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Y Dios hizo que se produjera tal azar en el momento preciso, para precipitar el desenlace de esta sencilla historia. Un día, al regresar de su jornada en el bosque, el guardabosque encontró en casa una carta. Era de Conrado. A pesar de que hacía ya tres años que el devoto del Emperador no había dado señales de vida a sus amigos de Eppstein, poco les contaba de sus aventuras a los moradores de la cabaña, a los que se limitaba a enviarles recuerdos. Confiaba, además, en que, sin tardanza, les daría una sorpresa cualquier día, porque, aun absorto en sus gloriosas correrías a lo largo y ancho de Europa, siempre tenía un pensamiento para aquella familia que vivía en las faldas del Taunus. Todo eran buenas palabras, porque, según él, ellos eran los únicos familiares que le quedaban en el mundo. Es más, cuando desde el vivaque oía las trompetas que llamaban a la batalla, su primer pensamiento era para ellos. ¿Se acordaban también del ausente? Durante las veladas, ¿Jonathas mencionaba su nombre? ¿Rezaban los jóvenes por él? El joven Everard, tras haber sido su anfitrión y compañero, en el castillo de Eppstein y durante el viaje a Maguncia, ¿seguía igual de salvaje, de solitario, de soñador? ¿O se había vuelto más sociable, como el Hipólito de Racine? Tales eran las preguntas que Conrado les formulaba.



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