El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Tras acabar de cenar y, una vez recogida la mesa, con las manos juntas, Jonathas ocupó su gran sillón de piel. Los dos jóvenes se sentaron juntos, cerca de él, en un banco adosado al hogar, y comenzaron a charlar. Por supuesto que Conrado fue el tema de conversación. Jonathas era, más o menos, de la misma edad que su cuñado, a quien había conocido cuando no era más que un niño. Y habló de sus correrías solitarias, de su seriedad, hasta que, al hilo de sus recuerdos, les contó cómo aquel conde de Eppstein, uno de los señores más importantes de Alemania, había comenzado a aparecer por la casa de Gaspar, el viejo guardabosque y había llegado a enamorarse de Noemí, una campesina. Como era una historia que guardaba más de una analogía con la suya propia, Everard y Rosamunda escuchaban a Jonathas con la mayor atención. Sólo las llamas de la chimenea iluminaban la estancia en la que se encontraban, resplandor que alcanzaba también al guardabosque, quien se encontraba sentado, placenteramente, cerca de la embocadura. Mientras, los jóvenes, agazapados en una esquina, permanecían ocultos, perdidos en las sombras y, sin razón aparente, retenían la respiración y estaban emocionados, como ante la proximidad de algún acontecimiento de importancia.




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