El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¿Sabéis cuándo —comentó Jonathas, con cara de enterado— y cómo empecé a darme cuenta de que monseñor Conrado estaba enamorado de NoemÃ? Al comprobar que un obstinado azar les llevaba a encontrarse siempre. Noemà tenÃa una cabritilla blanca, que ella misma llevaba a pastar a los linderos del bosque. Aunque parezca increÃble, cualquiera que fuera la hora o el camino que siguiese, uno podÃa estar seguro de que allà se encontrarÃa con monseñor Conrado, quien paseaba como si nada, con una escopeta o con un libro en las manos. Se dejaba caer hasta el lugar donde se encontraba Noemà y, enseguida, se ponÃan a departir. Y cuando no era por causa de la cabra, nos hacÃa una visita; y si ésta no se producÃa, Noemà salÃa para cumplir con sus obligaciones dominicales, y siempre el amor arrastraba a Conrado tras los pasos de la chica. Como yo era tan joven como ellos, en aquellos tiempos, no tenÃa gran mérito el descubrir que todas aquellas idas y venidas no eran sino citas de los dos.