El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein De repente, Everard y Rosamunda se contemplaron entre sí, aunque la oscuridad les impedía verse con los ojos del cuerpo. Como atraídos por un imán irresistible, también ellos se habían encontrado muchas veces en un mismo lugar, sin saber la razón de aquella circunstancia. Ni habían quedado y, además, creían que estaban solos, aunque pensaban el uno en el otro, cuando, de pronto, a la vuelta de un sendero o tras una cerca, se encontraban los dos, tan felices, aunque también sorprendidos por aquellos lazos invisibles, por aquella simpatía secreta que les aproximaba, incluso por encima de su voluntad.