El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Conrado —respondió el conde, con voz ronca y despaciosa—, tú y yo pertenecemos a un linaje histórico al que no le está permitido ni un solo fallo. La suerte nos ha colocado en la cúspide, para que el mundo nos contemple y nosotros le demos ejemplo. Quizá sea una fatalidad, pero hay que saber soportarla, no eludirla, como tú has hecho. Eres culpable de un delito de lesa nobleza, Conrado. Y, sin embargo, los vientos revolucionarios que soplan en Francia deberÃan haber servido como advertencia para te mantuvieras firme. Hoy más que nunca, cuando se tornan peligrosos, debemos conservar nuestros privilegios. Como noble y padre de familia, conviene que mi severidad repare tu debilidad, y que el anciano se reafirme donde tú te has tambaleado. Parte, pues, con mis bendiciones; vete a Francia, y sirve bien al rey Luis XVI. Me has preguntado si te despreciaba. Debo responderte con una justificación. Cuando tu ama de crÃa te trajo a mÃ, Conrado, te tomé en mis brazos y, tras elevarte por encima de mi cabeza, te ofrecà a Dios, en primer lugar, al emperador y a la nobleza alemana y, a continuación, a cada uno de mis ilustres antepasados. Hoy, todavÃa en esta tierra, debo responder de ti ante mis antepasados, ante la nobleza y ante el emperador. Reniego ante ellos de ti, aunque quizá mañana, allá arriba, me glorÃe de ti ante el Señor.