El Castillo de Eppstein

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—Padre —exclamó Conrado—: os reverencio y os adoro. Sois grande, terrible y bueno. Vuestra humillación me hace sentirme orgulloso. Seré digno de vos, monseñor. Debo una expiación a nuestra familia, y la llevaré a cabo en Eppstein. Adiós.

Aunque sin aproximarse, Conrado hizo una profunda reverencia ante su padre. El viejo le despidió con la mano, pero no dijo nada más, porque la emoción le embargaba y temía abrir los brazos a su hijo. La condesa, por su parte, ni se atrevía siquiera a mirarle. De lejos también, Conrado se despidió de ella, pero, a pesar de la etiqueta tácitamente establecida para esta postrer entrevista, no pudo evitar enviar un beso con la mano a aquella que le había llevado dentro de sí. Tras lo cual, el orgulloso joven imitó al conde y permaneció impasible. Y su padre se sintió satisfecho de aquel hijo.

—Acompaña a tu hermano hasta la puerta —dijo a Maximiliano, que había permanecido mudo y con los labios apretados a lo largo de tan singular como sobrecogedora escena.

—Si Vuestra Señoría me lo permite —repuso el primogénito—, regresaré después para hablar con vos.

—Te espero —le contestó el anciano.

Y los dos hermanos abandonaron la estancia; uno de ellos para no volver.


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