El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Nadie sabrá decir lo que ocurrió entre aquel padre y aquella madre, una vez que el dolor que ambos sentían se aposentó en el interior de cada uno de ellos, porque sólo Dios contempló aquellas lágrimas y escuchó los lamentos de aquellos corazones rotos. Cuando, al cabo de un cuarto de hora, regresó el primogénito, los dos ancianos habían recuperado su serena compostura y su apariencia de paternal aplomo.
—He de convenir, monseñor —comenzó Maximiliano—, que ahora que vuestra voluntad no puede volverse atrás, y una vez que he visto cómo Conrado partía, con su mujer y con su hijo, que no os quedaba más remedio que hacer lo que habéis hecho.
—¿Tal es, pues, Maximiliano —replicó el conde, con una amarga sonrisa—, tu opinión?
—Así es, padre, porque el emperador jamás habría perdonado vuestra indulgencia, y nuestra familia habría caído en desgracia por mucho tiempo.
—He obrado según los dictados del honor, no por ansia de honores —contestó el conde.
—Lo que no es poco para los tiempos que corren, padre mío.
—¿De qué querías hablarme, hijo? —le interrumpió, con gravedad, la voz del conde.