El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Resulta, padre, que, a pesar de la prudencia de vuestra severidad, vuestro crédito en algo se ha visto afectado. Por eso, he pensado en levantaros el ánimo. Sólo hace un año que perdà a Tecla, mi mujer; con la tranquilidad que me dio el nacimiento de nuestro hijo Alberto acerca del porvenir de nuestro apellido, no me habÃa parado a pensar todavÃa en la posibilidad de un segundo matrimonio. Pero, además de la ocasión de recuperar el favor del emperador, se ha hecho patente a mis ojos un partido más que deseable: se trata, padre, de la hija de uno de vuestros viejos amigos, el duque de Schwalbach, quien goza de la más alta consideración en Viena.
—¿Te refieres a Albina de Schwalbach, Maximiliano? —preguntó la condesa.
—Asà es, madre. Es hija única, y aportará una gran fortuna a nuestra casa.
—Mi hermana, que es la abadesa del convento en que se ha educado Albina —continuó la madre—, me habló de su inigualable belleza, en una ocasión en que le pedà informes sobre la hija de un amigo.
—Y como dote —añadió Maximiliano— aporta la magnÃfica propiedad de Winkel, a las mismas puertas de Viena.
—Mi hermana me contaba que la hermosura de Albina no era sino un adorno más para su incomparable bondad.