El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Y eso sin contar —prosiguió el joven— con que el duque de Schwalbach conseguirá con facilidad la transmisión de tÃtulo y bienes a su yerno. ¿No sois de la misma opinión, padre?
—¡Qué alegrÃa —exclamó la condesa— poder llamar hija a esa muchacha, y ocupar el lugar de la madre que perdió!
—¡Y qué honor emparentar con los Schwalbach! —añadió Maximiliano—. Sà —dijo el conde—, los Schwalbach son una de las más nobles y mejores ramas del árbol de la nobleza germánica.
—Padre, tened la bondad de escribir a vuestro antiguo compañero de armas, y solicitad la mano de su hija para vuestro primogénito.
Tal demanda fue seguida por un largo silencio. La cabeza del anciano conde reposaba sobre su pecho, y parecÃa sumido en profundos pensamientos.
—¿No me respondéis nada, padre? ¿Dudáis quizá? Una unión como ésta, que tanto esplendor añadirÃa a nuestro nombre, no puede, no debe disgustaros.
—Maximiliano, Maximiliano —repuso el conde, con severidad—; ¿no puedo echar mano de esas disquisiciones tuyas, y decir que, si en ti no hay nada que pueda reprocharse a un caballero, todo lo que hace al hombre deja bastante que desear? Maximiliano, ¿harás feliz a esa muchacha?
—Será condesa de Eppstein, padre.