El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Se produjo un segundo silencio. Aquellos dos hombres ni se parecían ni se conocían, unidos como estaban más por conveniencias mundanas que por lazos de sangre. El hijo despreciaba al padre por sus prejuicios; el padre hacía de menos a su hijo por sus extravíos.

—Poned cuidado, señor —añadió Maximiliano—, antes de rechazar una ocasión así, vos que sois el guardián de nuestras glorias, y responsable ante nosotros tanto de los honores que alcancemos como de las manchas que haya que limpiar.

—Vuestro padre sabe lo que ha de hacer, señor —replicó el anciano conde, herido en su corazón—; cuando lleguéis allá, encontraréis una carta mía de recomendación para el duque de Schwalbach.

—Abandonaré, pues, si os parece bien, el castillo ahora mismo —contestó Maximiliano—; tan noble heredera ha de estar, por fuerza, rodeada de numerosos pretendientes. Dios quiera que mi petición no se produzca demasiado tarde.

—Haz lo que te plazca, hijo mío —dijo el anciano.

—¿Negaréis, señor, y vos madre mía, vuestra bendición al hijo que parte? —Que mi bendición te acompañe, hijo mío— exclamó el conde. —Maximiliano, ¡que Dios te bendiga!— añadió la condesa.

Maximiliano besó la mano de su madre, se inclinó respetuoso ante el conde y abandonó el salón.


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