El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein «Hará unos tres años, me encontraba de viaje por Alemania, y era portador de unas cartas de recomendación para un rico comerciante de Fráncfort, que poseía una estupenda finca de caza en los alrededores de esa ciudad. Como sabía de mi gusto por este ejercicio, me invitó, no a cazar en su compañía (deporte que detestaba con todas sus fuerzas), sino con su primogénito, cuyas ideas sobre este particular diferían por completo de las de su padre.
En la fecha que habíamos acordado, nos encontramos en una de las puertas de la ciudad, donde nos esperaban caballos y carruajes. Cada uno de nosotros ocupó su lugar en aquellos coches, o montó en la cabalgadura que tenía asignada, y partimos tan contentos.
Al cabo de hora y media de marcha, llegamos a las posesiones de nuestro anfitrión, donde nos aguardaba un espléndido almuerzo. Me vi, pues, obligado a reconocer que, aunque no fuera cazador, nuestro comerciante sabía muy bien cómo hacer los honores cinegéticos a sus invitados.
