El collar de la reina
El collar de la reina A la mañana siguiente, Juana, sin descorazonarse, comenzó su arreglo personal y el del apartamento.
El espejo le había demostrado que monsieur de Rohan acudiría por poco que él hubiera oído hablar de ella.
Eran las siete y el fuego del salón ardía en todo su esplendor cuando una carroza rodó por la cuesta de la calle Saint-Claude.
Juana no tuvo tiempo de acercarse a la ventana ni de impacientarse. De la carroza descendió un hombre envuelto en un grueso abrigo; después, la puerta de la casa se cerró a su espalda y la carroza se dirigió a una pequeña calle vecina, en espera del regreso del dueño.
Pronto sonó la campanilla, y el corazón de Juana de la Motte batió tan fuerte que los latidos se podían oír.
Pero, avergonzada de ceder a una emoción tan poco razonable, Juana ordenó silencio a su corazón, colocó lo mejor que le fue posible un bordado en la mesa, una partitura nueva en el clavecino y una gaceta en el rincón de la chimenea.
Al cabo de unos segundos, el ama Clotilde le anunció a la condesa:
—La persona que os escribió anteayer.
—Hacedla entrar.
