El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XV

A la mañana siguiente, Juana, sin descorazonarse, comenzó su arreglo personal y el del apartamento.

El espejo le había demostrado que monsieur de Rohan acudiría por poco que él hubiera oído hablar de ella.

Eran las siete y el fuego del salón ardía en todo su esplendor cuando una carroza rodó por la cuesta de la calle Saint-Claude.

Juana no tuvo tiempo de acercarse a la ventana ni de impacientarse. De la carroza descendió un hombre envuelto en un grueso abrigo; después, la puerta de la casa se cerró a su espalda y la carroza se dirigió a una pequeña calle vecina, en espera del regreso del dueño.

Pronto sonó la campanilla, y el corazón de Juana de la Motte batió tan fuerte que los latidos se podían oír.

Pero, avergonzada de ceder a una emoción tan poco razonable, Juana ordenó silencio a su corazón, colocó lo mejor que le fue posible un bordado en la mesa, una partitura nueva en el clavecino y una gaceta en el rincón de la chimenea.

Al cabo de unos segundos, el ama Clotilde le anunció a la condesa:

—La persona que os escribió anteayer.

—Hacedla entrar.


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