El collar de la reina

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Capítulo XXXII

Sin embargo, Aldegonde, habiendo oído gritar a su dueño y al encontrar cerrada la puerta, había ido a buscar a la guardia.

Pero antes de que regresara, Felipe y De Charny tuvieron tiempo de encender un magnífico fuego con los primeros ejemplares de la gaceta, y arrojar el resto de las hojas, que ardían al instante.

Llegaban ya a los últimos números cuando la guardia apareció detrás de Aldegonde, en el extremo del patio, y al mismo tiempo que la guardia, cien pilluelos y otras tantas comadres. Los primeros fusiles golpeaban las baldosas del vestíbulo cuando el último número de la gaceta empezaba a arder.

Felizmente, Felipe y De Charny conocían el camino que Reteau les había imprudentemente enseñado; atravesaron el corredor secreto, pasaron los cerrojos, cruzaron la verja de la calle de los Vieux-Augustins, cerraron con dos vueltas de llave y después la arrojaron en la primera alcantarilla que encontraron.

Mientras tanto, Reteau, liberado, pedía auxilio contra los asesinos, y Aldegonde, que veía cómo se reflejaban las llamas de los papeles en los cristales, gritaba «¡fuego!».


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