El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XXXVI

Entró la princesa de Lamballe. Bella y serena, frente descubierta, bucles recogidos sobre las sienes, cejas negras y finas como dos rayas de ébano, ojos azules, transparentes, y nariz recta y pura, labios castos y voluptuosos a la vez… Tal era la belleza de la princesa de Lamballe, tutelando un cuerpo de una hermosura impar.

La princesa llevaba con ella, en torno a ella, ese perfume de virtud, de gracia y de espiritualidad que Mira de la Valliere emanaba de sí antes del favor real y después de su desgracia.

Cuando el rey la vio llegar, risueña y humilde, sintió un gran dolor. «¡Ay!, lo que diga esa boca será acaso una condena».

—Sentaos, princesa —le dijo tras un respetuoso saludo y mientras el conde de Provenza se le acercaba para besarle la mano.

—¿Qué desea de mí Vuestra Majestad? —preguntó la princesa con su angelical voz.

—Una información, madame.

—Preguntadme, Sire.

—¿Qué día acompañasteis a la reina a París? Recordadlo exactamente.

De Crosne y el conde se miraron sorprendidos.

—Comprenderéis, señores —dijo el rey—. Vos no dudáis y yo todavía dudo; pregunto, pues, como un hombre que duda.


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