El collar de la reina

El collar de la reina

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—Monseñor quiere divertirse con su humilde servidor, y le agradezco el honor que me hace. Pero como el señor conde de Haga, que es uno de los invitados de monseñor…

—¿Y qué?

—Pues que el conde de Haga es un rey.

—No conozco a ningún rey que se llame así.

—Que monseñor me perdone —dijo el maestresala, inclinándose—, pero había creído, había supuesto…

—Vuestra obligación no consiste en creer. Vuestro deber no es suponer. Lo que tenéis que hacer es leer las órdenes que os doy, sin añadir comentarios. Cuando quiero que se sepa una cosa, la digo, y cuando no la digo, es que deseo que se ignore.

El maestresala se inclinó por segunda vez, y ahora mucho más respetuosamente que si estuviese hablando con un rey.

—Por lo tanto, monsieur —continuó el viejo mariscal—, quisiera, puesto que sólo vienen caballeros a comer, que me sirvieseis la comida a la hora de costumbre, a las cuatro.

Al oír esta orden, la expresión del maestresala se nubló como si acabase de escuchar su sentencia de muerte. Palideció, encogiéndose bajo el golpe. Después se irguió con el valor de la desesperación.


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