El collar de la reina
El collar de la reina —Que sea lo que Dios quiera —dijo—, pero monseñor comerá a las cinco.
—¿Por qué a las cinco? —exclamó el mariscal.
—Porque es materialmente imposible que monseñor coma antes.
—Monsieur —dijo el viejo mariscal, moviendo con altivez su cabeza todavÃa joven—, hace ya veinte años que estáis a mi servicio, ¿no es asÃ?
—Veintiún años, monseñor, un mes y dos semanas.
—Pues a esos veintiún años, un mes y dos semanas no añadiréis ni un dÃa más, ni siquiera una hora. ¿Comprendido? —replicó el anciano, pellizcándose sus finos labios y frunciendo las cejas pintadas—. Desde esta tarde os buscaréis un nuevo amo. No admito que la palabra «imposible» se pronuncie en mi casa. Y a mi edad ya no deseo aprenderla. No puedo perder el tiempo.
El maestresala se inclinó por tercera vez.
—Esta tarde —dijo— me despediré de monseñor, pero por lo menos hasta el último momento le serviré como es conveniente.
Retrocedió dos pasos hacia la puerta.
