El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XLII

Las largas charlas son el privilegio feliz de las gentes que no tienen nada que decirse. Después, la felicidad de callarse u omitir un deseo con una palabra aislada y sin respuesta es un momento inefable.

Dos horas después de despedir su carroza, el cardenal y la condesa se encontraban en el punto que describimos. La condesa había cedido y el cardenal había vencido; sin embargo, el cardenal era el esclavo y la condesa la triunfadora.

Dos hombres se engañan el uno al otro dándose la mano. Un hombre y una mujer se traicionan en un beso. Pero aquí el uno no engañaba al otro más que lo que el otro quería ser engañado.

Cada uno tenía su fin particular, y para ese fin la intimidad era necesaria. Cada uno, pues, había atendido a su propio fin.

Tampoco el cardenal se concedió el lujo de disimular su impaciencia. Se contentó con dar un pequeño rodeo, y volviendo a llevar la conversación hacia Versalles y hacia los honores que esperaban allí a la nueva favorita de la reina, dijo:

—Ella es generosa. Nada le parece bastante caro para las personas a quienes quiere. Tiene el raro espíritu de dar un poco a todo el mundo y de dar mucho a muy pocos.


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