El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XLV

Si Beausire hubiera querido confiar en sus ojos, que eran excelentes, en lugar de hacer trabajar su imaginación, que todo lo confundía, se habría librado de muchos disgustos y muchas decepciones.

En efecto, era Olive a quien había visto en la carroza, sentada al lado de un hombre al cual no reconoció porque sólo le miró una vez, pero al que habría reconocido si le hubiese mirado dos veces. Era Olive, que por la mañana había ido a pasear como de costumbre por el jardín del Luxemburgo y que, en lugar de regresar a las dos para comer, encontró y habló con el extraño individuo que conoció el día del baile de la Ópera.

En efecto, en el momento en que pagaba su silla de manos para regresar y sonreía al dueño del café del jardín, del que era una cliente asidua, De Cagliostro, apareciendo por una de las avenidas, llegó hasta ella y la cogió del brazo, preguntándole, sin hacer caso de la exclamación de ella:

—¿Adónde vais?

—A la calle Dauphine, a mi casa.

—Eso satisfará el deseo de la gente que os espera —repuso el desconocido.

—Gente que me espera… ¿Por qué, si nadie me espera?

—Ya lo creo; quizá unos doce visitantes.


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