El collar de la reina
El collar de la reina Si Beausire hubiera querido confiar en sus ojos, que eran excelentes, en lugar de hacer trabajar su imaginación, que todo lo confundÃa, se habrÃa librado de muchos disgustos y muchas decepciones.
En efecto, era Olive a quien habÃa visto en la carroza, sentada al lado de un hombre al cual no reconoció porque sólo le miró una vez, pero al que habrÃa reconocido si le hubiese mirado dos veces. Era Olive, que por la mañana habÃa ido a pasear como de costumbre por el jardÃn del Luxemburgo y que, en lugar de regresar a las dos para comer, encontró y habló con el extraño individuo que conoció el dÃa del baile de la Ópera.
En efecto, en el momento en que pagaba su silla de manos para regresar y sonreÃa al dueño del café del jardÃn, del que era una cliente asidua, De Cagliostro, apareciendo por una de las avenidas, llegó hasta ella y la cogió del brazo, preguntándole, sin hacer caso de la exclamación de ella:
—¿Adónde vais?
—A la calle Dauphine, a mi casa.
—Eso satisfará el deseo de la gente que os espera —repuso el desconocido.
—Gente que me espera… ¿Por qué, si nadie me espera?
—Ya lo creo; quizá unos doce visitantes.