El collar de la reina
El collar de la reina A partir de este momento en que las dos mujeres se habían visto, Olive, fascinada por la gracia de su vecina, no trató ya de continuar su desdén y volviéndose con precaución en medio de sus flores, respondió sonriendo a las sonrisas que se le dirigían.
Cagliostro, al visitarla, no había dejado de recomendarle que guardase la mayor circunspección.
—Sobre todo —le había dicho—, no mantengáis relaciones con los vecinos.
Esta frase había caído como un jarro de agua fría sobre la cabeza de Olive, que hallaba un gran placer en los gestos y saludos de la vecina.
No tratarse con los vecinos era tener que dar la espalda a esta mujer encantadora cuya mirada era tan brillante y dulce y cada uno de cuyos gestos encerraba una seducción; era renunciar a distraerse en una conversación telegráfica acerca de la lluvia y del buen tiempo y era romper con una amiga. Porque la imaginación de Olive corría hasta el punto de hacer ya de Juana, un objeto curioso y caro.
Solapadamente contestó a su protector que se guardaría muy bien de desobedecerle y que no mantendría la menor relación con la vecina.