El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Muy curioso, en efecto, señorita —dijo el sustituto—; pues en lugar de una tragedia ficticia, es un verdadero drama; en lugar de sufrimientos representados, son sufrimientos reales. El hombre que se ve juzgado allí, en lugar de que, una vez bajado el telón, se vuelva a su casa, cene en familia y se acueste tranquilamente para volver a empezar al día siguiente, ese hombre vuelve a la prisión donde se encuentra con el verdugo. Como puede usted ver, para las personas nerviosas que buscan emociones, no hay espectáculo que valga más que ese. Esté usted tranquila, señorita, si la circunstancia se presenta, se la procuraré.

—¡Nos hace temblar… y se ríe! —dijo Renée palideciendo.

—¿Qué quiere usted? Es un duelo… Yo ya he solicitado cinco o seis veces la pena de muerte contra acusados políticos o de otra causa… Y bien, ¿quién sabe cuántos puñales a esta hora se afilan en la sombra, o están ya preparados contra mí?

—¡Oh! ¡Dios mío! —dijo Renée entristeciéndose cada vez más—. ¿Es que habla usted en serio, señor de Villefort?


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