El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—En serio a más no poder, señorita —repuso el joven magistrado con la sonrisa en los labios—. Y con esos buenos procesos que desea la señorita para satisfacer su curiosidad, y que yo deseo para satisfacer mi ambición, la situación no hará más que agravarse. Todos esos soldados de Napoleón, habituados a ir a ciegas contra el enemigo, ¿creen ustedes que reflexionan al quemar un cartucho o al lanzarse con la bayoneta? Pues bien, ¿reflexionarán más para matar a un hombre del que piensan que es su enemigo personal, que para matar a un ruso, a un austriaco o a un húngaro al que nunca han visto? Por otra parte, tiene que ser así, miren ustedes, sin eso, nuestro oficio no tendría excusa. Yo mismo, cuando veo brillar en los ojos del acusado el relámpago luminoso de la rabia, me siento animado, me exalto: ya no es un proceso, es un combate; lucho contra él, él responde, yo vuelvo a la carga, y el combate termina como todos los combates: con una victoria o con una derrota. ¡Eso es lo que significa litigar! Es el peligro el que nos lleva a la elocuencia. Un acusado que me sonriera después de mi réplica me haría creer que he hablado mal, que lo que he dicho no tiene color, ni vigor, que es insuficiente. ¡Piensen, pues, en la sensación de orgullo que siente un fiscal del rey, convencido de la culpabilidad del acusado, cuando ve al culpable palidecer y doblegarse bajo el peso de las pruebas y bajo los dardos de su elocuencia! Esa cabeza se baja, y… caerá.


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