El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Renée dio un leve grito.
—Esto sà que es hablar —dijo uno de los invitados.
—¡Este es el hombre que se necesita en tiempos como los nuestros! —dijo otro.
—Además —dijo un tercero—, en su último juicio estuvo usted soberbio, mi querido Villefort. Ya sabe, aquel hombre que habÃa asesinado a su padre; y bien, literalmente usted le mató antes que el verdugo le tocara.
—¡Oh! En cuanto a los parricidas —dijo Renée—, ¡oh!, poco importa, no hay suplicio suficientemente grande para hombres asÃ; ¡pero en cuanto a los desgraciados acusados polÃticos!…
—Pues es aún peor, Renée, puesto que el rey es el padre de la nación, y querer derrocar o matar al rey es querer matar al padre de treinta y dos millones de hombres.
—¡Oh!, es igual; señor de Villefort —dijo Renée—, ¿me promete usted ser indulgente con los que yo le recomiende?
—Esté tranquila —dijo Villefort con su más encantadora sonrisa—, haremos juntos mis requisitorias.